Escalera, escalerita.
La mayoría de ustedes me conoce por ser la imponente escalera de ABM. Pero yo no fui creada realmente para la institución.
La historia es larga y trataré de ser breve pues no quiero aburrirlos.
Hace mucho tiempo una bella dama mandó a construírme para su castillo.
Yo, a diferencia de otras escaleras tenía una particularidad especial: podía hablar.
Cenicienta
(así se llamaba la dama) cada mañana al bajar por mis escalones, que en
aquel tiempo relucían, me decía: escalera, escalerita, ¿quién tiene la
pisada más bonita?
Y
yo siempre respondía: tu, bella Cenicienta. Con tus zapatos de cristal
tu pisada es suave y elegante. Inconfundible e incomparable. Llena de
gracia y estilo.
Cenicienta me amaba. Me cuidaba más que a nada en la casa. Éramos felices.
Hasta
que un día, una joven visitó el castillo. Trabajaba con Cenicienta
dando espectáculos infantiles, pero claramente no pertenecía a este
lugar.
La
mañana siguiente, cuando mi dueña bajó por mis escalones y me saludó
consultándome lo que cada día me consultaba, quedó sorprendida ante mi
respuesta: Oh, bella Cenicienta. Si bien tu pisada es escantadora, debo
decir que no es la más bonita. Pocahontas posee ahora la pisada más
suave y delicada que esta escalera haya tenido posibilidad de sentir.
Sus pies son bellos, firmes, encantadores.
Cenicienta estalló en ira. Corriendo volvió a su habitación a idear un plan para volver a ser mi preferida.
Convenció
al príncipe, su marido, para que enamorara a Pocahontas y la trajera a
la civilización, viéndose así obligada a usar calzado y perder la gracia
de su caminar libre de protección.
El
muchacho aceptó (¿qué hombre no aceptaría tener a la rubia y la morocha
al mismo tiempo?). Pero el plan de Cenicienta no funcionó.
La damita quería hacer asado con mi madera. Mandó a destruírme y convertirme en una pila de tablas.
Los
encargados de aquella labor sintieron pena por mí y me donaron, en
secreto, a ABM y a Cenicienta le dijeron hicieron conmigo casas de
muñecas.
Años se pasó la princesa comprando esas casas y pisándolas fuertemente hasta destruírlas.
Pobre. Y pobres casitas de madera.
Menos
mal que la muchacha por miedo a ser envenenada por una aguja (su amiga
Aurora, mejor conocida como ¨la bella durmiente¨ le generó esa fobia
por su propia experiencia) jamás se acercaría a una institución de
diseño de indumentaria. Puedo decir que estoy a salvo. Yo por las dudas,
y por miedo a ser descubierta ya no hablo. Aunque cada tanto le cuenta
mi historia a alguna estudiante para no perder mi encanto.
SeGuImE
domingo, 10 de junio de 2012
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
